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Avistamiento de aves en Madero

Se van temprano, por lo general a la Reserva Ecológica. Llevan anotador, binoculares y cámara de fotos. Y pasan horas buscando un pájaro para mirar, para ver qué especie es, para debatir sobre lo visto. Son los observadores de aves, un grupo que crece en la ciudad.

Es sábado, pega el sol del mediodía, y las anécdotas siembran el regreso al cemento de Puerto Madero y, un poco más allá, al smog y la rutina de la ciudad. Todo está a unos metros, pero parece a años luz del elenco del Club de Observadores de Aves del lugar. Son unos veinte, cargan cámaras de fotos con teleobjetivos a prueba de distancias, binoculares, anotadores, agua, gorritos, mochilas. Están dando vueltas por aquí desde las 9 de la mañana, pero siguen frescos como si recién empezaran. Les gusta llamarse a sí mismos “naturalistas”, tal vez porque en cierto sentido todavía son viajeros que llegan a un lugar para desbrozar y registrar lo que el ojo apurado nunca ve: las especies que no estaban y aparecen, las que parece que se fueron, las que nunca nadie antes había visto.

Dicen también que observan aves, pero en realidad nada de la naturaleza les es ajeno. Tanto pueden interrumpir una conversación por notar el vuelo de una gallineta como por seguir a una mariposa con dibujos raros, comentar qué crecida está alguna planta o extrañarse porque en la recorrida no asomaron lagartos overos.

En Aves Argentinas (avesargentinas.org.ar), la asociación que lleva 97 años a fuerza de desvelos naturalistas varios, registran actualmente 2100 socios activos en todo el país, de todas las edades, pero eso sí: más varones que mujeres. Los guías profesionales, que acompañan a viajeros con ganas de conocer paisajes y especies binoculares al cuello, cifran en 30 mil a los naturalistas autóctonos. De acuerdo con estadísticas oficiales, unos 40 mil extranjeros aprovechan su paso por Argentina para lo mismo. A veces, hasta se sirven de la web para generar redes sociales propias y viajar observando, como birdingpal.org.

Las lagunas de la Reserva están secas hace tiempo, pero en reemplazo del agua crecieron nuevas plantas. Un poco más allá están los arbustos de siempre, quizá un poco más cocoritos por el sol y el calor de enero. Hay también una pequeña multitud de birders al costado del camino. Primero se detuvo uno, luego otro, y otro más; ahora suman diez y miran. ¿Qué miran?

Hay una mosqueta estriada en su nidito. Aparece en septiembre, es de verano, explica Ignacio, treinta largos, gorrito con visera y cámara de fotos profesional cuyo objetivo hace las veces de binocular.

Tenés bichos que están todo el año y otros que no. Ahora se viene la renovación de fines de verano, anuncia Francisco, que con treinta justitos lleva dos tercios de su vida husmeando en la naturaleza.

Dentro de un rato, alguien hará sonar el mp3 de un canto en el teléfono celular para chequear si el pájaro que vieron a unos metros es la hembra de la especie que sospechan.

Salir a observar es todo, menos improvisación. No se trata tanto de invertir en tecnologías y objetos como de dedicación. Apreciar la diferencia de unas pintitas en el plumaje puede llevar años; desarrollar la sensibilidad para descubrir un nido en el follaje, horas y horas de lecturas y conversación con afines; reconocer un canto, en fin, otro tanto. Quienes ahora deambulan con los ojos grandes por la Reserva tienen un entrenamiento especial. Zully, la obstetra de 70 años, capelina, guantes y binoculares, dice que en más de 20 años de observadora aprendió tanto de la naturaleza que el paraíso le parece claro: es “poner la carpa en medio del campo, levantar el cierre a la mañana y ver cómo está el día”. Claro que recorrió lugares, como Malvinas, donde debió prescindir de ese techo personal.

Aunque no todos los integrantes de un Club de Observación de Aves (hay seis en Buenos Aires, 66 en todo el país) son socios de Aves Argentinas (AA), todos los socios de la ONG fundada en 1916 por señores como Angel Gallardo y Eduardo L. Holmberg (entre otros) son birders. Y llegar a esa categoría implica muchas cosas. Por ejemplo: saber que al campo se sale con guía de observación, implementos y anotador; que las dudas se pueden resolver con bibliografía o charlando con otros birders. Que cada miércoles a la tardecita una sala de AA cobija observadores en torno de un proyector para ver las fotos que alguien ha sacado en algún viaje. Son “fotos de pájaros que uno no ve, de lugares a los que no va. Se aprende mucho”, explica Francisco. Por algo, también, se mantiene vivita y enseñando la Escuela Argentina de Naturalistas, el espacio de AA donde muchos birders se forman y formaron como “intérprete naturalista” (el título final) o “naturalista de campo” (un título intermedio).

“Muchas veces los datos de los Clubes de Observación sirven para fines científicos”, explica Cecilia. Tan fuerte es el vínculo entre los amantes de salir a ver y anotar que uno de los grandes descubrimientos de especies en Argentina sucedió gracias a una de esas rutinas. En 1974, Eduardo Shaw, por entonces birder algo novato, atormentaba a su maestro Mauricio Rumboll para que le enseñara a preparar “pieles de estudio”, como se denomina a la piel con todas las plumas. Como ni en la playa ni en la ruta daban con animales muertos, Rumboll mandó al discípulo a que cazara alguno. Shaw volvió con un ejemplar nunca descrito. Acababan de descubrir al macá tobiano.

La historia es tan cierta como legendaria. Como un amuleto, una meca, un norte posible: así la refieren los observadores. Pero si el hallazgo no sucede nadie se desanima. Lo que importa es caminar, recorrer, salir del mundo exclusivamente de seres humanos y observar. Pablo, que trabaja en sistemas de un banco, dice que sólo así él y su esposa –que vive de lo mismo– pudieron sobrevivir al stress desde diciembre de 2001: los pájaros los salvaron de la presión de entrar y salir de los bancos bajo los gritos de protesta de los ahorristas, las manifestaciones, los objetos que volaban por el aire. Cuando descubrieron la observación, no pararon; conocen casi todos los parques nacionales y provinciales de la Argentina; él enumera especies como quien habla de sus parientes. Le divierte que sus amigos, de buenas a primeras, lo llamen para decirle “vi un pajarito amarillo el otro día así...” y le exijan la identificación.

José Luis, vestido para trepar montañas, mira esta mañana de sábado por el teleobjetivo de una cámara de fotos profesional. Le gusta observar, pero más el desafío de retratar a un animal en su entorno: porque se mueve, vuela, se esconde entre el follaje, tiene timidez, no es fácil. “Concentrarme en hacer esas fotografías es lo único que me desconecta de todo”, explica.-

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