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Misterios bajo el asfalto de Buenos Aires

Los sorprendentes túneles porteños, un recorrido por los conductos pluviales de la Ciudad con insólitas historias y paisajes de ciencia ficción. Hay un embudo bajo la avenida Juan B. Justo donde corren los aliviadores de los arroyos Maldonado y Cildañez.
   
El mameluco blanco parece un traje de astronauta, las botas de goma están impecables, pero pronto se van a enchastrar. Sumergirse en la avenida Juan B. Justo por un hueco en el asfalto invita a conocer la Ciudad desde otro ángulo. Veinte escalones abajo, no se ve más que negrura. Es una nueva dimensión para los sentidos, aquí abrazados por la humedad. La linterna se enciende y se convierte en espada. Su haz de luz se entretiene un rato con el arte rupestre que forma el agua en las paredes, pero se paraliza ante un hallazgo inesperado. Son dos ojos. 
La canaleta central de este aliviador de arroyos, que se llena hasta cuatro metros de altura cuando llueve fuerte, para evitar que arriba se inunde.

En este camino oscuro, lleno de columnas cuadradas que sostienen la avenida como Atlas sostiene al mundo, se escucha el impacto de un fierro contra el suelo y el eco metálico que rebota hasta desaparecer. De cerca, es una llave para aflojar o afirmar las tuercas de una rueda. Cayó por un sumidero. Se le puede haber resbalado a un mecánico, a un ladrón, o a Leonardo Sbaraglia en la escena de la película Relatos salvajes en la que intenta escapar de un gigante rudo al que acaba de insultar.

Cae de todo. La cadena de una moto, el ojo de gato de una bicicleta, una caja de pizza, un armazón de anteojos, tapitas de gaseosas, vasos de telgopor, bolsas de plástico que forman diques y complican la circulación del agua.

Los acompañantes de la expedición, del servicio de Emergencias Pluviales porteño y del Ministerio de Espacio Público y Medio Ambiente, cuentan que los llaman señoras mayores para recuperar anillos perdidos, jóvenes que pierden sus celulares, una abuela de Barracas que rogó que salvaran a su loro y hasta un vecino que vio a una gata meterse en una alcantarilla de Recoleta para parir a sus cachorros.

Hay 800 kilómetros de conductos pluviales que corren por debajo de la Ciudad de Buenos Aires, la extensión de un viaje ida y vuelta a Mar del Plata. Bajamos por tres bocas de registro, que son los agujeros redondos en el asfalto, por donde pasa justo una persona parada y pegada a la escalera.

El primer lugar conecta los cauces profundos de los arroyos Maldonado y Cildáñez; el segundo es un caño asfixiante de Villa Soldati; y el tercero para por debajo de los rascacielos de Puerto Madero. Al avanzar agachados, en penumbras, cambian los olores, la densidad del oxígeno y la forma de imaginar lo que ocurre en la superficie.

Aquí, el conducto que trae el agua del Maldonado desde los partidos de La Matanza y Tres de Febrero tiene un ancho por el que caben cuatro autos, dos de ida y dos de vuelta, suficiente para construir una autopista subterránea, como las que atraviesan Santiago de Chile.

Estamos ahora justo debajo de la esquina de Juan B. Justo y Víctor Hugo, calle que homenajea al poeta y novelista romántico francés autor de Los miserables. No se ven ratas, como las que esquivaba Jean Valjean en las entrañas de París; pero sí desechos de Villa Luro.

La caminata es siempre en silencio, hasta que brota un murmullo en la oscuridad. Es el agua que corre hacia un embudo gigante de cemento, de 5,8 metros de diámetro, que desde 1942 deriva una parte del cauce del arroyo hacia un caño que termina en el Riachuelo.

“Si te resbalás acá, podés ahogarte, es peligroso, pónganse un poco más atrás”, advierte Fernanda Soria, arquitecta, subgerente de Proyectos y de Obras de la cartera ambiental, a un metro de la serpiente de agua que se zambulle desesperada en el agujero fantasmal.

Cuando se suman obreros y funcionarios al paseo por las profundidades, aparecen relatos variados, como el hallazgo de dos granadas dentro de un sumidero cercano a la cancha de Nueva Chicago, en Mataderos, o de una escopeta, no se sabe si escurrida de las manos de John Wayne o de algún bandido moderno perseguido por la ley.

Apagar la linterna es otra experiencia interesante. Brotan burbujas de la canaleta. Aumenta el movimiento, parecido al de los salmones contra la corriente. Pero no, son más bagres. Decenas de bagres en un delgado lodazal.

Una de El Principito. En Villa Soldati, están techando el estadio Mary Terán de Weiss, testigo de jornadas gloriosas de la Copa Davis, y se está levantando la Villa Olímpica que en 2018 albergará los Juegos de la Juventud. Eso se ve, lo que no se ve es que una máquina retroexcavadora del tamaño de un Fitito transita por adentro de un conducto “Modelo 9” de 3 metros de ancho por 1,80 de alto, que corre por debajo de la avenida Escalada.

Bajar a estos subsuelos, que toman también el agua de la villa Papa Francisco y desembocan en el lago Soldati, obliga a ponerse una máscara de fumigador, que ayuda a respirar, porque un olor rancio intenta llegar a los pulmones. No es un tramo para alérgicos o asmáticos, aunque uno se metió igual. Y al rato salió agitado, tanteando entre sus bolsillos el broncodilatador.

Tuvo su recompensa, porque al llegar a las orillas del lago, cuando el túnel tiene que empezar a bordearlo, se topó con una historia: “El proyecto original era continuar este conducto por el margen izquierdo, pero encontraron allí una especie de orquídea única, que sólo crece en esa biodiversidad, y entonces, luego de consultas a distintas dependencias, como la Agencia de Protección Ambiental, se decidió desviar el trazado y cavar por el margen derecho del lago”, revela Lucas Llauradó, sociólogo y director general del Sistema Pluvial de la Ciudad.

La flor que se salvó es conocida como “orquídea ribereña” ó “del talar”, una rareza “cuya presencia aquí se debe a que esta planta y sus semillas han perdurado en el tiempo junto a los sustratos originarios provenientes del antiguo cauce del Riachuelo”, dice un informe oficial.

El caso de la obra de ingeniería que frenó sus topadoras ante un puñado de pétalos blancos, ideal para un libro de Antoine Saint-Exupéry, contrasta con el paisaje apocalíptico que forma la basura que arrojan los porteños a estos caños por alguno de los 30 mil sumideros de la urbe. Por momentos, se camina entre preservativos, usados o sin usar, conos de plástico rojo New Jersey y partes de un cochecito de bebé.

Los sedimentos son tan absorbentes que la bota de goma queda cementada al piso. Hay que hacer fuerza para moverla y avanzar. Cuatro metros por debajo del nivel del asfalto, el suelo intenta tragarse al invasor. Hay luz al final del túnel, pero cuesta llegar.

El glamour de los insectos. Puerto Madero está asentado sobre colonias de cucarachas. De a veinte o de a cien, tapizan zonas secas de caños húmedos recorridos un viernes de sudestada.

En el boulevard Azucena Villaflor de Puerto Madero, con el monumento a Juan Manuel Fangio y a su Mercedes Benz “Flecha de Plata” como testigo, el descenso a las profundidades se produjo por una boca que anunciaba una crecida del caudal interno, hecho que se comprobó enseguida, cuando el agua subió de los tobillos a la cintura.

Ya cinco metros por debajo de una de las zonas más ricas de Buenos Aires, a la izquierda queda el edificio de Le Parc; a la derecha, torres en construcción; un poco más allá, el hotel Faena; y al frente el Río de la Plata.

“Ojo que puede venir alguna víbora de la Reserva Ecológica”, avisa, linterna en mano, Rubén Cédola, que lleva 18 años recorriendo conductos, suele almorzar con sus obreros en las profundidades y llegó a enfrentarse un día a un carpincho perdido. Rubén es el capataz general de la empresa Soluciones Químicas, que hace el mantenimiento y la limpieza de los desagües.

Se ayudan con un robot de cuatro ruedas y doble tracción que filma sus exploraciones con un cabezal giratorio al estilo Wall-E, que detecta anomalías en el trayecto y obstrucciones. El robot se ha topado con tortugas de agua y hasta revólveres que los asaltantes descartan por las alcantarillas cuando los corre la Policía.

De repente, acecha un lomo a la distancia. En la oscuridad, parece un sigiloso animal de río. Se aproxima, no se conmueve con los lamparazos. Nos acercamos a la escalera, por si hay que subir de apuro. Pero es una bolsa de cemento vacía, que viene flotando desde las cercanías de la terminal de Buquebus, recorrió por debajo el trazado de la calle Juana Manso y acaba de doblar por Villaflor, rumbo a la desembocadura del conducto, que está por la villa Rodrigo Bueno.

“Aquí el sedimento se compone de arenillas y materiales de construcción. Se hacen grandes torres, edificios lujosos, pero sin la suficiente conciencia ambiental y sin la solidaridad que necesitamos para que no se taponen los desagües”, señala Llauradó, también con el agua hasta la cintura.

Se ven cucarachas de tres a siete centímetros, en ranuras, en paredes del caño o en ángulos cercanos a la salida. Son rojas, y algunas, más que aplanadas, están rellenas, parecen grillos.

Los obreros que bajan a limpiar los conductos hacen bromas, inflan las leyendas de sus hallazgos y hasta advierten que seres extraños se arrastran por el piso, pero en realidad son botellas de cerveza y ramas de árboles de la Costanera Sur. “Lo que pasa en los caños, queda en los caños”, es el código compartido.

Cuando nos asomamos a la superficie, Prefectura y Gendarmería patrullan la zona. Estamos a la altura del edificio donde se produjo la muerte del fiscal Alberto Nisman y cualquier movimiento atípico llama la atención.

Hace frío. El agua llena las botas y los mamelucos. Un café repara la temperatura corporal. El ministro porteño de Ambiente y Espacio Público, Eduardo Macchiavelli, se acerca y pasa el aviso: “Se requiere un esfuerzo enorme para limpiar los desagües, por eso les pedimos a los vecinos que nos ayuden no tirando basura a los sumideros. Hay que cambiar las cosas que hacemos mal, porque la acumulación de plásticos, de bolsas, forma obstáculos para el curso de agua, atenta contra el medio ambiente y nos expone a inundaciones”.

Para generar conciencia sobre la importancia de no arrojar desechos en cualquier lado, circula la idea de crear una suerte de Museo de los Objetos Perdidos en los Sumideros. La denominación es improbable, pero el catálogo es vasto: en los conductos del agua de lluvia ya se encontraron billeteras, huesos de animales, una carretilla, bolsas camiseta, pilas, piedras, frascos de mermelada, escobas, envases de mayonesa y blísteres para pastillas.

No serán los cráteres de los volcanes de Islandia que le permitieron al profesor de mineralogía Otto Lidenbrock hacer su Viaje al centro de la Tierra, pero los agujeros redondos del asfalto porteño cumplieron su misión, la de mostrarnos lo que pasa debajo de nuestros pies. Ya está chequeado: Julio Verne, aquí, se hubiera hecho un picnic.

 

 

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